miércoles, 28 de marzo de 2012

Cuento "El maestro" Por Miguel Ruiz


Érase una vez un maestro que hablaba a un grupo de gente y su mensaje resultaba tan maravilloso que todas las personas que estaban allí reunidas se sintieron conmovidas por sus palabras de amor. En medio de esa multitud, se encontraba un hombre que había escuchado todas las palabras que el maestro había pronunciado. Era un hombre muy humilde y de gran corazón, que se sintió tan conmovido por las palabras del maestro que sintió la necesidad de invitarlo a su hogar.

Asi pues, cuando el maestro acabó de hablar, el hombre se abrió paso entre la multitud, se acercó a él y, mirándole a los ojos, le dijo: "Sé que está muy ocupado y que todos requieren su atención. También sé que casi no dispone de tiempo ni para escuchar mis palabras, pero mi corazón se siente tan libre y es tanto el amor que siento por usted que me mueve la necesidad de invitarle a mi hogar. quiero prepararle la mejor de las comidas. No espero que acepte, pero quería que lo supiera".

El maestro le miró a los ojos, y con la más bella de las sonrisas, le contestó: "Prepáralo todo. Iré". Entonces, el maestro se alejó.

Al oír estas palabras el corazón del hombre se sintió lleno de júbilo. A duras penas podía esperar a que llegase el momento de servir al maestro y expresarle el amor que sentía por él. Sería el día más importante de su vida: el maestro estaría con él. Compró la mejor comida y el mejor vino y buscó las ropas más preciosas para ofrecérselas como regalo. Después corrió hacia su casa a fin de llevar a cabo todos los preparativos para recibir al maestro. Lo limpió todo, preparó una comida deliciosa y decoró bellamente la mesa. Su corazón estaba rebosante de alegría porque el maestro pronto estaría allí.

El hombre esperaba ansioso cuando alguien llamó a la puerta. La abrió con afán pero, en lugar del maestro, se encontró con una anciana. Ésta le miró a los ojos y le dijo: "Estoy hambrienta. ¿Podrías darme un trozo de pan?!.

Él se sintió un poco decepcionado al ver que no se trataba del maestro. Miró a la muejr y le dijo: "Por favor, entre en mi casa". La sentó en el lugar que había preparado para el maestro y le ofreció la comida que había cocinado para él. Pero estaba ansioso y esperaba que la mujer se diese prisa en acabar de comer. La anciana se sintió conmovida por la generosidad de este hombre. Le dio las gracias y se marchó.

Apenas hubo acabado de preparar de nuevo la mesa para el maestro cuando alguien volvió a llamar a su puerta. Esta vez se trataba de un desconocido que había viajado a través del desierto. El forastero le miró y le dijo: "Estoy sediento. ¿Podrías darme algo para beber?".

De nuevo se sintió un poco decepcionado porque no se trataba del maestro, pero aun así, invitó al desconocido a entrar a su casa, hizo que se sentase en el lugar que había preparado para el maestro y le sirvió el vino que quería ofrecerle a él. Cuando se marchó, volvió a preparar de nuevo todas las cosas.

Por tercera vez, alguien llamó a la puerta, y cuando la abrió, se encontró con un niño. Éste elevó su mirada hacia él y le dijo: "Estoy congelado. ¿Podría darme una manta para cubrir mi cuerpo?"

Estaba un poco decepcionado porque no se trataba del maestro, pero miró al niño a los ojos y sintió amor en su corazón. Rápidamente cogió las ropas que había comprado para el maestro y le cubrió con ellas. El niño le dio las gracias y se marchó.

Volvió a prepararlo todo de nuevo para el maestro y después se dispuso a esperarle hasta que se hizo muy tarde. Cuando comprendió que no acudiría se sintió decepcionado, pero lo perdonó de inmediato. Se dijo a sí mismo: "Sabía que no podía esperar que el maestro viniese a esta humilde casa. Me dijo que lo haría, pero algún asunto de mayor importancia lo habrá llevado a cualquier otra parte. No ha venido, pero al menos aceptó la invitación y eso es suficiente para que mi corazón se sienta feliz".

Entonces, guardó la comida y el vino y se acostó. Aquella noche soñó que el maestro le hacía una visita. Al verlo, se sintió feliz sin saber que se trataba de un sueño. "¡Ha venido maestro! Ha mantenido su palabra."

El maestro le contestó: "sí, estoy aquí, pero estuve aquí antes. Estaba hambriento y me diste de comer. Estaba sediento y me ofreciste vino. Tenía frío y me cubriste con ropas. Todo lo que haces por los demás, lo haces por mí".

El hombre se despertó con el corazón rebosante de dicha porque había comprendido la enseñanza del maestro. Lo amaba tanto que había enviado a tres personas para que le transmitiesen la lección más grande: que él vive en el interior de todas las personas. Cuando das de comer al hambriento, de beber al sediento y cubres al que tiene frío, ofreces tu amor al maestro.

Fragmento extraído del libro "La maestría del amor" de Miguel Ruiz, Editorial Urano.

martes, 20 de marzo de 2012

VIVIR EN EL PRESENTE Por: Deepak Chopra



¿Ha oído usted decir alguna vez que las preocupaciones envejecen? Existen una gran verdad en estas palabras. todos hemos visto gente que se llena de canas de un día a otro cuando atraviesa por una crisis emocional o financiera. ¿Cuál es exactamente el patrón de pensamiento al que llamamos preocupación? Parece tener la habilidad de envenenar muchas horas de nuestra existencia; podríamos hasta decir que las preocupaciones nos hacen envejecer porque aceleran el tiempo.

La preocupación es obviamente un cierto hábito del pensamiento; es el hecho de estar nervicioso por algo que ya sucedió o tener miedo de que algo suceda en el futuro. Las preocupaciones no corresponden al presente.Analicemos primero el pasado. Nadie ha descubierto alguna manera de alterarlo. Una vez que algo ya ocurrió no hay manera de cambiarlo. Se regista en el pasado de una manera indeleble e irrevocable; el tiempo lo transporta a un lugar donde ya no es posible hacer nada para mejorarlo. La mentarse de errores o daños del pasado es improductivo.

También es nocivo, pues libera en nuestro organismo toda clase de sustancias tóxicas que elevan la presión arterial y sobrexcitan el corazón. La estrategia para desarmar a estas preocupaciones es reconocer los errores pasados por lo que son, aprender de ellos y dejarlos en su lugar permanente: el pasado. Consagrar nuestra atención al presente requiere de una comprensión sana de que el pasado se ha ido para siempre.

El hecho de preocuparse es rehusarse psicológicamente a enfrentar esto. Lo que parece algo aparentemente inevitable en nuestra vida, es que los errores, los daños, los rencores y los actos injustos dejan cierta impresión en nuestra mente y se filtran a nuestra fisiología por medio de la conexión psicofisiológica.

La segunda clase de preocupación se fija en el futuro. Consiste en evitar el dolor tratando vanamente de controlar el futuro. Un médico internista, colega mío, me proporcionó un ejemplo preciso de esta clase de pensamiento. Él había estado tratando a una paciente durante los últimos 20 años; en ese periodo, ella lo visitaba dos veces al año para que le practicara un examen físico completo. Siempre que la veía, ella mostraba una gran preocupación de que pudiera tener cáncer. Aunque no mostraba ningún síntoma de dicha enfermedad, inventaba una serie de dolencias que forzaban al internista a practicarle varias pruebas, sólo para asegurarle, de nuevo, que no tenía cáncer.

Esta escena se repetía una y otra vez, año tras año. Cada vez el internista hacía todo lo posible por tranquilizar a su paciente y asegurarle que no tenía cáncer y cada vez ella se iba preguntandole "¿está usted seguro?" Sin embargo, en la última ocasión su médico le practicó una serie de pruebas y tuvo malas noticias. Se enfrentó a la mujer llevándole un diagnóstico confirmado de cáncer, a lo que ella replicó alzándose como en son de triunfo: "¡Se lo dije; se lo he estado diciendo durante 20 años!"

Con sus preocupaciones, esta mujer imaginó claramente una enfermedad a la que tenía gran temor, y a lo que le prestó atención, creció. La conciencia en sí tiene una manera de alterar los hechos. Nuestra mente subconsciente, de manera bastante automática, puede hacer que las cosas que imaginamos claramente se vuelvan realidad. La gente que se preocupa con facilidad se ha convencido a sí misma de que el hecho de preocuparse es, de alguna manera el estilo correcto del pensamiento para hacer que algo malo no pase; pero la atención es la atención. Si imaginamos claramente algo que no queremos que suceda, casi seguro que va a suceder. Tal vez sólo algo "igual de malo" pase; da lo mismo. Si debemos imaginarnos el futuro de algún modo, pensemos en hechos positivos, alegres y felices.

Sin embargo, la gente sana no vive ni en el pasado ni en el futuro. Vive en el presente, en el AHORA, lo que le da al ahora un saber a eternidad; porque no hay sombras que se le interpongan. Las preocupaciones no ocurren en el presente. Cuando se le presta atención al momento presente, éste crece en su totalidad. Cuando uno pasa la vida viviendo momentos sucesivos del ahora, entonces el tiempo no es el enemigo psicológico del hombre. El mal causado por las preocupaciones se vence cuando apreciamos lo que la vida tiene que dar hoy.